Narciso de Zara

Son, junto con los narco adolescentes, un grupo social que prolifera. Como estos, surgen de la combinación de fenómenos sociales que no tienen nada de mágico. Por un lado, la invasiva educación que han recibido de la publicidad a lo largo de toda su vida los ha hecho sensibles al valor cambiario de las mercancías. Así, no es de extrañar que todas sus relaciones se basen en algún tipo de intercambio que más o menos los beneficie. También han sido adiestrados en el uso de lo suntuoso para construirse una imagen que traduzca simbólicamente su valor como seres humanos y, de esta manera, han aprendido a leer los mismos signos en las personas con las que conviven.

A la par, por ende, sin saber cómo, o a pesar de, son homosexuales. Crecieron o expuestos y atacados, o escondidos y aterrados. Señalados por jugar con las niñas, pero constantemente expulsados de los clanes de excelencia masculina, esa suerte de derecha sexual que les impuso un título degradante, y por lo tanto un rol degradado.

Con el paso de los años, el mercado de masas descubrió en ellos un nicho de mercado ideal: vulnerables psicológicamente, interesados por encontrar un bienestar de vida que sus complicadas relaciones nos les brindan, sensibles al efecto de las sensaciones promovidas por el relato publicitario por un supuesto mayor interés estético que, también, formó parte de las etiquetas que les impusieron los otros.

Además, como resultado de la segregación que más tarde ellos se auto imponen, vista como una conquista de individualidad, viven solos. La fragmentación del hogar en términos comerciales sólo representa más y más casas de individuos aislados que amueblar, llenar de electrodomésticos, víveres y enseres, con su respectiva carga de valor simbólico.

Víctimas de la rutinaria agenda que les impone el trabajo, consumen para sentir que viven. Viajan para creer que escapan, y por supuesto, ejercen una sexualidad que, deseablemente excesiva, es vista también como un triunfo de los enormes esfuerzos que hacen para proyectar una imagen única en el competido mar de la vanidad y el materialismo.

En esta lógica, el matrimonio es una fantasía por donde se la quiera ver. ¡Con cuánta melancolía hablan estos homosexuales de sus maridos! Una, porque es difícil que las parejas no se rijan por el mismo principio de variabilidad de la moda: un novio primavera-verano, otro otoño-invierno, y porque su uso, el portarlos a las vista, parece conferirles estatus. Dos, porque ninguna ley los reconoce como pareja. Nada, en el marco de la volubilidad de los sentimientos humanos, obliga a que uno de los dos consortes lo piense dos veces antes de poner el pie fuera de la casa, o las ilusiones y el trasero en otras manos.

La porfiada imagen que tienen de sí mismos como una estrategia de sobrevivencia a la depredación social que padecieron, no los empuja hacia delante, sino que los hunde en su trágico conformismo de consumidores: no cuestionar más que en el límite de lo permitido y de las formas autorizadas, y esperar con ojos avizorantes las indicaciones del mercado que autoriza y prohíbe tal o  cual comportamiento y creencias, en un denodado esfuerzo por resultar cool, relajado, optimista, adaptado y sin malos rollos, borrando cualquiera mancha que ponga en riesgo la fusión de estos seres con el fondo colorido y estimulante del decorado social.

Su falta de preparación, su apartamiento provocado de los fenómenos sociales, la depredación ambiental y económica, los confina a un tipo de trabajo donde pocas capacidades intelectuales están a prueba, justamente para no detonar una actitud crítica. No obstante, a la par de sus habilidades psicomotoras para soportar jornadas enteras de pie, doblando ropa una cantidad endemoniada de veces durante el día y hablando al micrófono con un tono cansino e indiferente, resulta indudable que los empleados de Zara son seleccionados de acuerdo con cánones físicos fijos, que no sólo excluyen tajantemente a gordos, morenos oscuros, gente de ojos rasgados y cualquier herencia indígena, sino que además coincide con una ideología muy precisa, sugiriendo que el capital genético determina el tratamiento social y la formación de grupos.

¿Cómo logran parecerse tanto? ¿Cada cuánto se deben secar el sudor de la frente detrás del mostrador? ¿La seguridad despótica que demuestran estos empleados se debe a que creen reconocidos sus méritos de imagen? ¿Es un tipo de revancha de jóvenes antes marginados?

¿Cómo miden esa actitud los encargados de recursos humanos? ¿Cómo se efectúa la paradoja de dar con jóvenes materialmente ambiciosos para atraparlos en funciones de servicio a cambio de sueldos bajos, que ocupan el tiempo y limitan las posibilidades de progreso? ¿Existe alguna puerta de salida para ellos, aparte de la de depender económicamente de alguien más? ¿Quién es ese alguien más? ¿Se cumple el sueño del marido que los saque de trabajar, o esta ilusión sólo aumenta el desencanto, lo que exige que el sistema los provea con una mayor carga de evasión antes de desecharlos?

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Narcisa católica

Narcisa es así. Igual que cierra con esfuerzo los ojos para rezar su novena después de la misa del padre Bernardo, tratando de concentrarse en sus ruegos en medio del frenesí de las comadres del barrio que se cuentan las últimas novedades y los chiquillos que corren entre las bancas liberados del tedio de la misa, así, la mayor parte del tiempo tiene que apretar muchos músculos por dentro para no ver las sombras que la rodean.

Ni las plegarias ni el recogimiento han conseguido que Narciso, su esposo, encuentre trabajo, después de que la trasnacional para la que estuvo trabajando muchos años, le pidiera su renuncia. Su puesto, por ser importante, lo querían ya para un gringo o un canadiense, sin importar las muchas veces que él también tuvo que cerrar los ojos cada vez que un avión despegaba o aterrizaba, conteniendo el miedo sólo por ir a defender los intereses de la compañía.

¿Dónde está el país de las oportunidades por el que votaron ellos dos no hace muchos meses, donde el que se lo propone puede salir adelante? Menos lo encuentra y más reza. Más nítida aparece la pregunta y menos quiere oírla. Más días pasan sin que Narciso dé la nueva, más ella siente el llamado de la religión. Sin duda, es Dios que no la abandona. Que no la deja caer en la tentación de renegar de su país. Que no la deja perderse, como mucha gente se pierde por no escucharlo.

Por eso entró de catequista, porque está mal que ella que tiene tanto tiempo libre no colabore a difundir la obra del Señor. Él es testigo de la sinceridad y el esfuerzo con que se ha propuesto difundir las viejas consignas de que todos somos iguales y de que habrá una recompensa futura. De vez en cuando, aunque ella no lo nota, contesta las provocaciones de los chiquillos más maliciosos que la ven bajar de su enorme camioneta blanca, diciendo que hay que trabajar para ganarse las cosas, que el que no sale adelante es porque no quiere.

Es lo mismo que les enseña a sus hijos, ya de por sí educadao en sendos colegios del Opus Dei: el temor de Dios, tan importante en su formación: el desapego por las cosas que poseen, el trato humanitario. Que no hay que gritarle a la sirvienta, pues ella, aunque gane menos que nadie y prácticamente sea su esclava, es otro ser humano. Que a los niños de la calle no hay que darle monedas porque siempre hay alguien que se las quita, y porque además si quieren salir adelante, deberían buscarse un trabajo… como lo hace papá.

En realidad, la gente pobre es gente floja y maleducada, piensa en una de sus muchas visitas al mall gringo, de los muchos que la rodean. Gente ociosa, que no hace nada por cultivarse, añade mientras se prueba un traje de baño encima de la ropa. Gente sin valores, que no aprecia el hermoso país en que vivimos, repasa mientras empuja su enorme carrito lleno de botellas de falsos jugos de frutas con vistosas etiquetas americanas, bolsas de muslos de pollos congelados, una lata de licuado para adelgazar y una caja de detergente con la información en inglés.

Si yo fuera Felipillo, empezaría por cancelar la educación laica, piensa. Desde que los valores cristianos no se enseñan en las escuelas públicas, el país está como está. Está segura de que si de niños todos aprendiéramos la palabra de Dios, de grandes tendríamos menos envidias y menos problemas para aceptar que en la sociedad cada quien tiene un lugar, y eso no te hace ni mejor ni peor persona.

¿Cómo es posible que los maestros quieran ganar lo que gana un ejecutivo de una compañía gringa? ¡No tienen la misma responsabilidad! Además, tienen muchas vacaciones. Si quieren ganar más, que trabajen más. En cambio, se la pasan en marchas y plantones. ¿No es el colmo?

Dios nos libró de la izquierda, se convence, pero lo que están haciendo los diputados con el tema de las parejas del mismo sexo y lo del aborto son cosas imperdonables. Si dos personas deciden que van a ser maricones, pues están aceptando que se les denigre y se les aparte, porqué se les van a dar derechos si ellos renunciaron a los que tenían siendo normales.

¿Cómo van a pensar en tener hijos si Dios no les dio con qué, es decir, entre ellos? Y con lo del aborto, cuántas malas mujeres no aprovecharan para seguir haciendo sus cochinadas, al fin que con ir al hospital lo arreglan.

¿Y lo de las clínicas clandestinas? ¿Lo de Serrano Limón? ¿Lo de los pederastas católicos?… Se queda en silencio. Afortunadamente, ya empezó el noticiero de la una y, atorada en el tráfico, es una buena salida para no pensar.