Nosotros

Foto: Habitar la oscuridad, Marco Antonio Cruz.

El horror, la barbarie, la inmundicia que nos ha sido revelada en las últimas semanas sobre el estado de putrefacción del estado mexicano nos está orillando a una toma de conciencia generalizada, dolorosa, que no puede, que no debe detenerse si no deseamos sacrificar nuestra condición de seres humanos definitivamente. Sí, ya es imposible que no nos duela el dolor de tantas madres, padres, hermanos, hijos y compañeros de tantos y tantos sustraídos y sustraídas (¡porque nadie desaparece !), de tantos y tantos sacrificados, ofrendados, asesinados y muertos sin merecer ni siquiera el derecho mínimo de saber que quienes les sobrevivían tendrían un féretro al cual abrazarse, esa última expresión del amor y la piedad a la cual hasta los enjuiciados conservan.

No. Es imposible no reconocer que cualquier diferencia en la cual nos hayamos escudado hasta hoy para tranquilizarnos interiormente con que a “nosotros no nos pasa nada”, “el país está bien”, “son otros los que traen problemas”, “son los del Norte”, “son los de Michoacán”, “son los maestros”, “son los migrantes”, “son los comerciantes”, “son los purépechas”, todas han agotado su débil verosimilitud. Es inevitable comprender que frente a cualquier afrenta que suframos, la más sencilla como un maltrato o una compra fraudulenta, pero especialemente las más graves, no tenemos a quién acudir para que sea reparada, y peor aún: no tenemos con quién denunciar el hecho de que recibir seguridad de parte del estado nos haya sido sustraído en gran parte…

En medio de esta voragine que parece una pesadilla, está muy bien que crezca entre nosotros el deseo de cuestionar el funcionamiento antisocial y entreguista de nuestros malos representantes, pero no debemos olvidar que la trama de colaboraciones criminales que hoy les reprochamos -con amarga y justa razón-, comenzó necesariamente con nuestra propia ayuda. Sí, no sólo muchos de los desvíos millonarios que debieron utilizarse en bienestar social y desarrollo fueron ejecutados por políticos que nosotros eligimos, sino que muchas de las actitudes despóticas y procedimientos ineficaces que comenzaron a empañar el servicio público mexicano contaban (y cuentan) con sus gemelos idénticos en el compadrazgo y la fanfarronería de nosotros los ciudadanos.

Evidentemente hablo de la responsabilidad de las clases media y alta mexicanas quienes, habiendo tenido acceso a la educación superior, optaron por creer en los beneficios de perdonarle al estado sus fallas a cambio de obtener privilegios de casta, no queriendo ver que un estado fallido terminaría por dejarnos expuestos a todos por igual. No quisieron esa clase media y alta entender que a ellos les tocaba asegurar la igualdad de todos, en vez de asimilar la diferencia de clases como algo natural e irrevocable. En vez de interesarse por la miseria del otro, prefirieron elevar las protecciones de sus fraccionamientos privados. En vez de vigilar la mejora de los contenidos de educación, prefirieron enviar a sus hijos a escuelas y universidades privadas en donde los programa de estudios se resumían a aprender cómo sacar beneficio personal de la desigualdad. En vez de defender la calidad en la manufactura y la agricultura mexicanas, prefirieron creer en el espejismo primermundista de las importaciones. En vez de preocuparse por la banalización de la violencia y la atracción desmedida por el lujo que los medios de entretenimiento ejercen especialmente sobre la población más vulnerable, se contentaron con la imagen de belleza pueril que los empresarios quisieron crearles. En vez de mirar con desagrado el deterioro de los transporte públicos, prefirieron creerse el cuento de que en su propio coche vivirían como en el primer mundo, cuando el menor esfuerzo de análisis les hubiera revelado que la verdad es exactamente lo contrario.

En vez de escandalizarse por la falta de respuesta de las denuncias de feminicidios, masacres, incendios, derrumbes, inundaciones y secuestros que lograban penetrar en el espacio controlado de los medios, optaron por despreciar a los manifestantes que les echaban a perder el día con la triste fotografía de sus desgracias… hasta el día que también les tocó marchar con una pancarta y una fotografía.

¿Qué esperábamos que sucediera un día con todos los excluidos que se iban produciendo? ¿Que vinieran a darles las gracias por cómo fueron lentamente, sistemáticamente empujados a la pobreza? ¿puestos virtualemente a disposición de las mafias de antisociales? ¿a la delincuencia cada vez más armada gracias a los suministros internacionales? ¿por qué nadie encontró raro que la diferencia de piel determinara la intensidad del trabajo que se desempeñaba? ¿el acceso a empleos mismo? ¿por qué no se hizo la pregunta sencilla de qué pasaría con toda esa gente que quedaba fuera de su modelo de bienestar selectivo? Ojo, no estamos defendiendo la idea clasista de que todos los pobres y todos los campesinos se unieron a la delincuencia. De hecho, gracias a que no fue así, gracias a la resistencia de los menos privilegiados, el país ha podido resistir a sus fuertes contradicciones.

Empero, el juicio moral al que nos enfrentamos en México debe ser, como algunas de las expresiones que circulan en las redes sociales, total y profundamente honesto y global, o no será. En este llamamiento a cuentas debemos comenzar por cuestionar nuestra participación voluntaria o involuntaria de un imaginario político que concibe la exclusión como un modelo aceptable y sostenible. Nuestra vulnerabilidad actual se forjó de las muchas situaciones en las cuales rechazamos ponernos en el lugar del otro y es quizá lo que esté comenzando a cambiar en este momento en que no podemos, literalmente, no podemos dejar de pensar en el sufrimiento del otro, en la humanidad malherida que compartimos todos los mexicanos.

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Pardonne-la, Seigneur…

Photo: SIPA publiée dans Lepoint.fr le 07/08/2013.
Photo: SIPA publiée dans Lepoint.fr le 07/08/2013.

Je suis de plus en plus convaincu de la bienveillance de Frigide Barjot sur nous autres, les homosexuels de la planète. Son regard plutôt fade, sans malice, montre qu’en vérité, elle n’a pas de méchanceté contre ceux et celles qu’elle considère, d’après son discours, comme de bons compagnons de festins -certes aux goûts musicaux un peu redoutables-, comme d’excellents gardes d’enfants -à partir du moment où ce ne sont pas les leurs-, ou comme des concitoyens fort sympathiques -bien entendu placés au deuxième rang. Un traitement qui ne devrait pas nous étonner puisqu’on l’a tous plus ou moins connu, même à l’intérieur de nos familles ; le petit mec sympathique, raffiné, bien habillé qu’on sort de la valise de temps en temps pour embellir la soirée, mais de qui on se fout complètement le reste du temps et à qui on refuse même la responsabilité d’amener le pain au repas du dimanche chez tante Blanche.

En fait, le problème que cette personne représente pour la société française va bien au-delà des actes conscients d’une communicatrice médiocre qui s’est trouvée un jour avec l’énorme gâteau de la célébrité entre les mains. Après tout, elle ne serait pas la seule à se servir de l’absence de criticisme de ceux et celles qui ont d’autres choses à faire que de choisir une façon de vivre et de penser le monde avec plus de consistance. Le problème se pose exactement sur le fait que Frigide Barjot, en voulant croire qu’elle rend un service social quelconque à quiconque, se montre incapable de comprendre le mal qu’elle provoque pour gagner sa renommée à trois euros.

Un mauvais communicateur est essentiellement un mauvais entendeur. De la même façon que Frigide Barjot n’a pas encore compris que pour s’ériger en porte-parole de toutes ces familles bien pensantes, elle devrait commencer par se coiffer un peu et mettre au lave-linge son éternel débardeur au slogan « Vamos a la playa », elle n’a pas compris non plus que la loi minutieusement défendue par madame Taubira ne stipule nulle part que tous les homosexuels de France auront pour mission désormais d’adopter un enfant en lui faisant croire qu’il est issu de deux gamètes de même sexe, au risque de contredire, bien entendu, tout le système d’Enseignement avec une telle absurdité. Non, ce n’est pas parce que la Bible nous raconte des fables que tout le monde suit le même chemin. D’ailleurs, l’état des capacités formatives de certaines familles cathos qu’on a vu défiler à la télé ces derniers temps s’avère digne de révision, peut-être plus que celles des familles homoparentales dont on se méfie tant.

Elle n’a pas compris non plus que, comme partout dans le monde, les homosexuels de France se différencient entre eux par leur style de vie. Ainsi, certaines personnes aisées du Marais n’ont pas forcément besoin d’une nouvelle loi protégeant leur patrimoine, tandis que des gays et des lesbiennes ayant une vie sociale intense ne souhaitent pas forcement avoir un gamin qui vienne modifier leur vie. Cependant, en insistant sur un problème imaginaire, celui d’un effrayant changement de civilisation où aucun enfant ne connaîtra plus de parents de sexe différent, Frigide Barjot et ses pèlerins nient en réalité la capacité humaine des homosexuels décidés pour le mariage, pour assumer des responsabilités en tant qu’adultes et s’intéresser par l’amour et la protection d’un des milliers d’enfants qui traînent sur Terre, dans des conditions que je ne vais pas rappeler pour ne pas tomber dans le même sensationnalisme que je dénonce.

Au regard de toutes ces images de rage et de tous ces propos qui ne tiennent pas la route ni de l’intelligence, ni de la compassion, beaucoup de ces pères et de ces mères en attente reconnaissent que l’arrivée de cette loi n’est que la première étape d’un changement lent et préfèrent se réjouir aux côtés des parents homosexuels existant déjà (oui, déjà) qui vont pouvoir désormais, enfin, grâce au travail courageux des associations et des législateurs, se dire que les enfants qu’ils tiennent dans leurs bras, qu’ils nourrissent, qu’ils endorment le soir, sont légitimement à eux. Faut-il en vouloir à tous ceux qui ne comprennent pas cette différence lorsque leur parentalité n’a jamais été mise en question?

Non, Frigide Barjot ne déteste peut-être pas les homosexuels, elle est simplement courte de ressources. La preuve c’est qu’elle ne conçoit toujours pas, même si des occasions de le comprendre il y en a eu suffisamment, que le plus dangereux d’une position radicale qui se rend publique, même pour se sentir cool et jouer à l’ambassadrice du Ciel devant les caméras, c’est la possibilité que d’autres, en se croyant légitimés par ses propos balbutiants et anachroniques, laissent libre cours à une haine qu’elle n’éteindra pas à coup de télécommande. Elle ne sait toujours pas que chaque mot qu’elle émet contre cette réforme est une injection d’ignorance qui attarde la France vers une conscience planétaire, libre des supériorités spirituelles et des images réductrices qui ont déjà tellement coûté à l’Humanité, et qui se trouvent être la véritable menace pour les enfants qu’elle continue à croire défendre.

Narciso de Zara

Son, junto con los narco adolescentes, un grupo social que prolifera. Como estos, surgen de la combinación de fenómenos sociales que no tienen nada de mágico. Por un lado, la invasiva educación que han recibido de la publicidad a lo largo de toda su vida los ha hecho sensibles al valor cambiario de las mercancías. Así, no es de extrañar que todas sus relaciones se basen en algún tipo de intercambio que más o menos los beneficie. También han sido adiestrados en el uso de lo suntuoso para construirse una imagen que traduzca simbólicamente su valor como seres humanos y, de esta manera, han aprendido a leer los mismos signos en las personas con las que conviven.

A la par, por ende, sin saber cómo, o a pesar de, son homosexuales. Crecieron o expuestos y atacados, o escondidos y aterrados. Señalados por jugar con las niñas, pero constantemente expulsados de los clanes de excelencia masculina, esa suerte de derecha sexual que les impuso un título degradante, y por lo tanto un rol degradado.

Con el paso de los años, el mercado de masas descubrió en ellos un nicho de mercado ideal: vulnerables psicológicamente, interesados por encontrar un bienestar de vida que sus complicadas relaciones nos les brindan, sensibles al efecto de las sensaciones promovidas por el relato publicitario por un supuesto mayor interés estético que, también, formó parte de las etiquetas que les impusieron los otros.

Además, como resultado de la segregación que más tarde ellos se auto imponen, vista como una conquista de individualidad, viven solos. La fragmentación del hogar en términos comerciales sólo representa más y más casas de individuos aislados que amueblar, llenar de electrodomésticos, víveres y enseres, con su respectiva carga de valor simbólico.

Víctimas de la rutinaria agenda que les impone el trabajo, consumen para sentir que viven. Viajan para creer que escapan, y por supuesto, ejercen una sexualidad que, deseablemente excesiva, es vista también como un triunfo de los enormes esfuerzos que hacen para proyectar una imagen única en el competido mar de la vanidad y el materialismo.

En esta lógica, el matrimonio es una fantasía por donde se la quiera ver. ¡Con cuánta melancolía hablan estos homosexuales de sus maridos! Una, porque es difícil que las parejas no se rijan por el mismo principio de variabilidad de la moda: un novio primavera-verano, otro otoño-invierno, y porque su uso, el portarlos a las vista, parece conferirles estatus. Dos, porque ninguna ley los reconoce como pareja. Nada, en el marco de la volubilidad de los sentimientos humanos, obliga a que uno de los dos consortes lo piense dos veces antes de poner el pie fuera de la casa, o las ilusiones y el trasero en otras manos.

La porfiada imagen que tienen de sí mismos como una estrategia de sobrevivencia a la depredación social que padecieron, no los empuja hacia delante, sino que los hunde en su trágico conformismo de consumidores: no cuestionar más que en el límite de lo permitido y de las formas autorizadas, y esperar con ojos avizorantes las indicaciones del mercado que autoriza y prohíbe tal o  cual comportamiento y creencias, en un denodado esfuerzo por resultar cool, relajado, optimista, adaptado y sin malos rollos, borrando cualquiera mancha que ponga en riesgo la fusión de estos seres con el fondo colorido y estimulante del decorado social.

Su falta de preparación, su apartamiento provocado de los fenómenos sociales, la depredación ambiental y económica, los confina a un tipo de trabajo donde pocas capacidades intelectuales están a prueba, justamente para no detonar una actitud crítica. No obstante, a la par de sus habilidades psicomotoras para soportar jornadas enteras de pie, doblando ropa una cantidad endemoniada de veces durante el día y hablando al micrófono con un tono cansino e indiferente, resulta indudable que los empleados de Zara son seleccionados de acuerdo con cánones físicos fijos, que no sólo excluyen tajantemente a gordos, morenos oscuros, gente de ojos rasgados y cualquier herencia indígena, sino que además coincide con una ideología muy precisa, sugiriendo que el capital genético determina el tratamiento social y la formación de grupos.

¿Cómo logran parecerse tanto? ¿Cada cuánto se deben secar el sudor de la frente detrás del mostrador? ¿La seguridad despótica que demuestran estos empleados se debe a que creen reconocidos sus méritos de imagen? ¿Es un tipo de revancha de jóvenes antes marginados?

¿Cómo miden esa actitud los encargados de recursos humanos? ¿Cómo se efectúa la paradoja de dar con jóvenes materialmente ambiciosos para atraparlos en funciones de servicio a cambio de sueldos bajos, que ocupan el tiempo y limitan las posibilidades de progreso? ¿Existe alguna puerta de salida para ellos, aparte de la de depender económicamente de alguien más? ¿Quién es ese alguien más? ¿Se cumple el sueño del marido que los saque de trabajar, o esta ilusión sólo aumenta el desencanto, lo que exige que el sistema los provea con una mayor carga de evasión antes de desecharlos?

Narcisa católica

Narcisa es así. Igual que cierra con esfuerzo los ojos para rezar su novena después de la misa del padre Bernardo, tratando de concentrarse en sus ruegos en medio del frenesí de las comadres del barrio que se cuentan las últimas novedades y los chiquillos que corren entre las bancas liberados del tedio de la misa, así, la mayor parte del tiempo tiene que apretar muchos músculos por dentro para no ver las sombras que la rodean.

Ni las plegarias ni el recogimiento han conseguido que Narciso, su esposo, encuentre trabajo, después de que la trasnacional para la que estuvo trabajando muchos años, le pidiera su renuncia. Su puesto, por ser importante, lo querían ya para un gringo o un canadiense, sin importar las muchas veces que él también tuvo que cerrar los ojos cada vez que un avión despegaba o aterrizaba, conteniendo el miedo sólo por ir a defender los intereses de la compañía.

¿Dónde está el país de las oportunidades por el que votaron ellos dos no hace muchos meses, donde el que se lo propone puede salir adelante? Menos lo encuentra y más reza. Más nítida aparece la pregunta y menos quiere oírla. Más días pasan sin que Narciso dé la nueva, más ella siente el llamado de la religión. Sin duda, es Dios que no la abandona. Que no la deja caer en la tentación de renegar de su país. Que no la deja perderse, como mucha gente se pierde por no escucharlo.

Por eso entró de catequista, porque está mal que ella que tiene tanto tiempo libre no colabore a difundir la obra del Señor. Él es testigo de la sinceridad y el esfuerzo con que se ha propuesto difundir las viejas consignas de que todos somos iguales y de que habrá una recompensa futura. De vez en cuando, aunque ella no lo nota, contesta las provocaciones de los chiquillos más maliciosos que la ven bajar de su enorme camioneta blanca, diciendo que hay que trabajar para ganarse las cosas, que el que no sale adelante es porque no quiere.

Es lo mismo que les enseña a sus hijos, ya de por sí educadao en sendos colegios del Opus Dei: el temor de Dios, tan importante en su formación: el desapego por las cosas que poseen, el trato humanitario. Que no hay que gritarle a la sirvienta, pues ella, aunque gane menos que nadie y prácticamente sea su esclava, es otro ser humano. Que a los niños de la calle no hay que darle monedas porque siempre hay alguien que se las quita, y porque además si quieren salir adelante, deberían buscarse un trabajo… como lo hace papá.

En realidad, la gente pobre es gente floja y maleducada, piensa en una de sus muchas visitas al mall gringo, de los muchos que la rodean. Gente ociosa, que no hace nada por cultivarse, añade mientras se prueba un traje de baño encima de la ropa. Gente sin valores, que no aprecia el hermoso país en que vivimos, repasa mientras empuja su enorme carrito lleno de botellas de falsos jugos de frutas con vistosas etiquetas americanas, bolsas de muslos de pollos congelados, una lata de licuado para adelgazar y una caja de detergente con la información en inglés.

Si yo fuera Felipillo, empezaría por cancelar la educación laica, piensa. Desde que los valores cristianos no se enseñan en las escuelas públicas, el país está como está. Está segura de que si de niños todos aprendiéramos la palabra de Dios, de grandes tendríamos menos envidias y menos problemas para aceptar que en la sociedad cada quien tiene un lugar, y eso no te hace ni mejor ni peor persona.

¿Cómo es posible que los maestros quieran ganar lo que gana un ejecutivo de una compañía gringa? ¡No tienen la misma responsabilidad! Además, tienen muchas vacaciones. Si quieren ganar más, que trabajen más. En cambio, se la pasan en marchas y plantones. ¿No es el colmo?

Dios nos libró de la izquierda, se convence, pero lo que están haciendo los diputados con el tema de las parejas del mismo sexo y lo del aborto son cosas imperdonables. Si dos personas deciden que van a ser maricones, pues están aceptando que se les denigre y se les aparte, porqué se les van a dar derechos si ellos renunciaron a los que tenían siendo normales.

¿Cómo van a pensar en tener hijos si Dios no les dio con qué, es decir, entre ellos? Y con lo del aborto, cuántas malas mujeres no aprovecharan para seguir haciendo sus cochinadas, al fin que con ir al hospital lo arreglan.

¿Y lo de las clínicas clandestinas? ¿Lo de Serrano Limón? ¿Lo de los pederastas católicos?… Se queda en silencio. Afortunadamente, ya empezó el noticiero de la una y, atorada en el tráfico, es una buena salida para no pensar.